La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sà —fue la respuesta—. Me mudé a esa casa el otro dÃa porque habÃa visto ese mismo letrero. A mà me da igual dónde alojarme, y tenÃa la remota esperanza de conseguir alguna información allÃ. SÃ, vivo en la casa de Brass. ¿Supone una vergüenza para mÃ?
—Bueno, eso es cuestionable —respondió el notario, encogiéndose de hombros—. Pero le puedo decir que ese personaje goza de una reputación algo dudosa.
—¿Dudosa? —repitió el otro—. Me alegra oÃr que existe al menos la duda. CreÃa que se habÃa labrado una reputación firme desde hacÃa tiempo. ¿Me permite que intercambie unas palabras con usted en privado?
El señor Witherden accedió y los dos entraron en un cuarto privado, donde departieron durante al menos un cuarto de hora antes de volver al despacho principal. El forastero habÃa dejado el sombrero en el despacho del señor Witherden, y en este breve intervalo parece que se reforzaron sus lazos de amistad.
—No te entretendré más —dijo mientras depositaba una corona en la mano de Kit sin dejar de mirar al notario—. Tendrás pronto noticias mÃas. Ni una palabra de esto, ya sabes, salvo a tus amos.
—Señor, a mi madre le gustarÃa saber… —balbuceó Kit.
—Le gustarÃa saber ¿qué?
—Cualquier cosa… cualquier buena noticia… sobre la señorita Nell.