La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La sencillez de esta confidencia suscitó una rápida respuesta del afable notario, quien, con la misma sinceridad, afirmó que el forastero no se había equivocado de interlocutores y que, si podía serle de alguna utilidad, él estaba a su disposición.
El caballero desconocido examinó minuciosamente a Kit en lo tocante a su antiguo amo y a la niña, a su solitario modo de vida y su estricto enclaustramiento. La ausencia del anciano durante la noche, la soledad de la niña, la enfermedad y posterior recuperación del anciano, el embargo de la casa por Quilp y la súbita desaparición del abuelo y la nieta, todos estos particulares fueron objeto de variadas preguntas y respuestas. Finalmente, Kit informó al caballero de que la casa estaba en aquel momento en alquiler y de que un letrero en la puerta remitía a un tal Sampson Brass, abogado, de Bevis Marks, del que tal vez podría obtener alguna información más precisa.
—No mediante preguntas —replicó el caballero, sacudiendo la cabeza—. Yo vivo allí.
—¡¿Que vive usted en la casa del señor Brass?! —se asombró el señor Witherden, pues tenía referencias de dicho caballero por pertenecer a la misma profesión.