La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Witherden parecÃa un poco desconcertado por el modo que tenÃa el forastero de expresarse; por su parte, Kit lo miraba asombrado, boquiabierto, preguntándose con qué tipo de lenguaje se dirigirÃa a él cuando hablaba de una manera tan libre y llana a un notario. Sin embargo, no se dirigió a él con dureza, sino con una mezcla de irritabilidad nerviosa y apresurada:
—Si piensas, muchacho —empezó—, que estoy realizando estas pesquisas con cualquier otra intención que la de encontrar y ayudar a quienes estoy buscando, estarás incurriendo en un grave error y te estarás engañando a ti mismo. Te pido, pues, que no te llames a engaño, sino que confÃes en mis palabras. El hecho es, caballeros —agregó, volviéndose de nuevo hacia el notario y su pasante—, que me encuentro en una situación muy dolorosa y completamente inesperada. Vine a esta ciudad con la alegre esperanza de no encontrar ningún obstáculo ni dificultad en el logro de mi propósito, pero he aquà que me veo obstaculizado y detenido por un misterio que no puedo desentrañar. Cada esfuerzo en desentrañarlo sólo sirve para tornarlo más oscuro e impenetrable; y a veces temo remover el asunto por miedo a que aquellos a quienes sigo con tanto anhelo huyan todavÃa más de mÃ. Les aseguro que si me prestan cualquier tipo de ayuda, no lo lamentarán en absoluto, sabiendo sobre todo cuánto la necesito y el peso que me quitarÃan ustedes de encima.