La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —He estado realizando algunas pesquisas por el barrio en el que vivÃa el referido anticuario —explicó el forastero—, y me han dicho que tenÃa a su servicio a este joven. He visitado la casa de su madre, la cual me ha dicho que aquà probablemente podrÃa encontrarlo. Es el motivo por el que me he presentado aquà esta mañana.
—Sea cual sea el motivo, caballero —repuso el notario—, me alegra tener el honor de contar con su visita.
—Caballero —replicó el forastero—, usted habla como un hombre de mundo, pero yo lo tengo en mayor estima. Por lo tanto, le ruego no se rebaje a tributarme cumplidos protocolarios.
—¡Ejem! —tosió el notario—. Veo que es usted un hombre al que le gusta hablar con franqueza.
—Y también actuar —abundó el forastero—. Puede que sea mi larga ausencia e inexperiencia lo que me lleva a esta conclusión, pero opino que, si quienes hablan con franqueza son escasos en esta parte del mundo, quienes actúan con franqueza son más escasos todavÃa. Si mi manera de hablar lo hubiera ofendido, espero, caballero, que mi manera de actuar consiga su benevolencia.