La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Este es —confirmó el señor Witherden—. Se tropezó con mi cliente, el señor Garland, en la puerta misma de la casa. Caballero, tengo motivos para pensar que es un buen chico y que puede usted confiar en él. PermÃtame presentarle también al señor Abel Garland, su joven amo: mi pasante y amigo muy especial —repitió el notario sacando un pañuelo de seda y aireándoselo alrededor de la cara.
—A su servicio, señor —profirió el forastero.
—Al de usted, señor —contestó el señor Abel con voz aflautada—. Usted deseaba hablar con Christopher, ¿verdad, caballero?
—SÃ, en efecto. ¿Tengo su permiso?
—Por supuesto.
—Mi asunto no es ningún secreto, o dirÃa más bien que no tiene por qué serlo aquà —matizó el forastero al ver que el señor Abel y el notario se disponÃan a retirarse—. Tiene que ver con un vendedor de antigüedades con el que este muchacho vivÃa y en quien estoy vivamente interesado. Caballeros, he estado fuera de este paÃs muchos años, y si carezco de la debida formalidad y ceremonia espero sepan perdonarme.
—No hay nada que perdonar, caballero, nada en absoluto —replicó el notario, enseguida secundado por el señor Abel.