La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sea amable con él, por favor —le rogó Kit—, o de lo contrario se puede enfadar. Por favor, no le tire de las orejas, que no le gusta.
A esta recomendación, el señor Chuckster contestó dirigiéndose a él con aire de superioridad, llamándolo «jovencito» y pidiéndole que fuera y volviese a toda prisa. El «jovencito» asintió, y el señor Chuckster, metiéndose las manos en los bolsillos, hizo como si no le importara un ardite el poni y se encontrara allà por casualidad.
Kit se limpió los zapatos esmeradamente, pues no habÃa perdido aún el respeto a los venerables legajos y cajas de hojalata, y sólo entonces golpeó en la puerta del despacho, que abrió al punto el notario en persona.
—¡Hombre, Christopher, adelante! —expresó el señor Witherden.
—¿Es este el chico? —preguntó un caballero de cierta edad y porte fornido, campechano, que se encontraba en el despacho.