La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Amén de volverse en poco tiempo experto en todo lo tocante al establo, Kit no tardó en convertirse también en un jardinero bastante apañado, en un camarero habilísimo y en un acompañante indispensable del señor Abel, quien cada día le daba una nueva muestra de confianza y aprobación. El señor Witherden, el notario, lo miraba asimismo con deferencia; y hasta el señor Chuckster a veces condescendía a darle un ligero asentimiento de cabeza o le honraba con esa particular forma de reconocimiento llamada «hacer trompetillas» u otro saludo que combinara jocosidad con paternalismo.
Una mañana que Kit llevó al señor Abel al despacho del notario, cosa que hacía con frecuencia, estaba a punto de dirigirse a un establo cercano cuando el susodicho señor Chuckster emergió de la puerta del despacho y gritó: «¡Auuuuuu!», recreándose en la segunda vocal mucho tiempo a fin de sembrar el terror en el ánimo del poni y proclamar al mismo tiempo la supremacía del hombre sobre los animales.
—¡Para, petimetre! —gritó el señor Chuckster, dirigiéndose a Kit—. Quieren que entres.
—¿Ha olvidado algo el señor Abel? —preguntó Kit mientras se apeaba.
—No hagas preguntas, petimetre —replicó el señor Chuckster—, y ve a ver. ¡Auuuuuu! ¡Tranquilooo! Si este poni fuera mío, sabría bien cómo domarlo.