La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Oiga —dijo Dick—, ¿quién es ese?
—Ha venido a ver a mi jefe esta mañana —contestó el señor Chuckster—; aparte de eso, no tengo la menor idea.
—Al menos sabrá cómo se llama —encareció Dick.
A lo que el señor Chuckster contestó, con la unción verbal propia de un Apolo glorioso, que serÃa «santificado para la eternidad» si lo supiera.
—Lo único que sé, mi querido amigo —agregó el señor Chuckster, arreglándose el pelo con los dedos—, es que ha sido la causa de que yo haya estado de pie aquà veinte minutos, por lo cual lo odio con un odio mortal e imperecedero y lo perseguirÃa hasta los confines de la eternidad si tuviera tiempo para ello.
Mientras hablaban de este modo, el sujeto de su conversación (que al parecer no habÃa reconocido al señor Richard Swiveller) volvió a entrar en la casa; entretanto, Kit bajó los escalones y se unió a ellos. El señor Swiveller le hizo la misma pregunta, sin mayor éxito.
—Es un caballero muy amable, señor —contestó Kit—. Eso es lo único que sé de él.