La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Chuckster montó en cólera al oír esta respuesta y, sin aplicar su observación a ningún caso particular, estatuyó, como verdad general, que sería aconsejable romperles la cabeza a todos los petimetres de la Tierra y retorcerles la nariz. Sin expresar su conformidad con esta opinión, el señor Swiveller, tras unos momentos de reflexión, le preguntó a Kit qué camino iba a tomar y, una vez informado, declaró que era también el suyo y le preguntó si podía llevarlo. Kit habría renunciado de todo corazón al honor que se le ofrecía, pero, como el señor Swiveller ya se había aposentado a su lado, no hubiera podido negarse de otra manera que recurriendo a la fuerza bruta; así, salió disparado de allí con tanta energía que cortó en seco la despedida entre el señor Chuckster y su gran maestro y propició que los callos del primero fueran pisoteados por el impaciente poni.