La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Como Whisker estaba cansado de esperar y al señor Swiveller se le había ocurrido la simpática idea de estimularlo con silbidos estridentes y gritos animalescos, viajaron a demasiada velocidad para poder mantener una conversación, especialmente porque el poni, enfurecido por las admoniciones del señor Swiveller, parecía profesar un apego especial a las farolas y a las ruedas de los carromatos y mostró un fuerte deseo de invadir la acera y rozar las paredes de ladrillo. Así pues, hasta que no llegaron al establo, y desatascaron el calesín de una entrada muy pequeña en la que el poni lo había encajado sin poder llevarlo a la cuadra, el señor Swiveller no encontró un momento para hablar.
—¡Qué trabajo tan duro! —comentó Richard—. ¿Qué dirías de una cerveza?
Kit declinó al principio la invitación, pero luego la aceptó; así que ambos se dirigieron al bar más próximo.
—Brindemos a la salud del nuevo amigo…, ¿cómo se llama? —preguntó Dick, sosteniendo la reluciente jarra colmada de espuma—, que ha estado hablando contigo esta mañana. ¿Sabes?, yo lo conozco; es un buen tipo, algo excéntrico, pero… ¿cómo se llamará?
Kit bebió a la salud de ese señor.