La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Vive en mi casa —le informó Dick—; al menos, en la casa ocupada por el bufete en el que trabajo como… abogado segundo. Es un tipo al que es imposible sonsacarle nada; pero nos cae bien, nos cae bien.
—Debo irme, señor, si no le importa —anunció Kit, empezando a retirarse.
—No tengas prisa, Christopher —repuso su anfitrión—. Brindemos por tu madre.
—Gracias, señor.
—Una mujer excelente, tu madre, Christopher —aseguró el señor Swiveller—. ¡Oh! ¿Quién corrÃa para cogerme cuando me caÃa y besaba la zona en la que me habÃa hecho daño? ¡Mi madre! Una mujer excelente. Él es un tipo generoso. Debemos conseguir que haga algo por tu madre. ¿La conoce, Christopher?
Kit sacudió la cabeza, lanzó una mirada astuta a su interrogador, le dio las gracias y se fue sin dejarle articular otra palabra.
—¡Hmmm! —exclamó el señor Swiveller, reflexionando—. ¡Qué extraño! Nada más que misterio en torno a la casa de Brass. Pero seguiré mi intuición. Todo el mundo ha disfrutado hasta ahora de mis confidencias, pero creo que en lo sucesivo voy a organizar mis asuntos yo solo. ¡Qué extraño todo, qué extraño!