La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Ah! ¿No fue amable el señor Garland cuando dijo: «Christopher, aquí está tu dinero, que te has ganado bien», y no fue amable la señora Garland cuando dijo: «Bárbara, aquí está el tuyo, y estoy muy contenta contigo»; y no firmó Kit con desenvoltura su recibo, y no firmó Bárbara con mano temblorosa el suyo? ¿Y no fue hermoso ver cómo la señora Garland servía a la madre de Bárbara un vaso de vino mientras esta exclamaba: «Que Dios la bendiga, señora, que es una dama excelente, y a usted también, señor, que es un caballero excelente, y brindo también por ti, Bárbara, cariño, y por usted, señor Christopher»; y no pasó tanto tiempo bebiéndolo como si fuera un velicomen, y no parecía toda una señora con los guantes puestos? Y, después, ¿no se rieron muchísimo y conversaron alegremente al recordar todo lo anterior subidos a la imperial del carruaje, y no se compadecieron de la gente que no podía disfrutar de media jornada libre?