La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Pero qué fue aquello —sÃ, aquello— comparado con la extraordinaria prodigalidad que vino después, cuando Kit, entrando en una ostrerÃa con la desenvoltura de un cliente, y sin mirar al mostrador ni al hombre que habÃa detrás, condujo a toda la tropa hasta el interior de un gabinete, un gabinete privado, equipado con cortinas rojas, mantel blanco y una aceitera-vinagrera, y pidió a un caballero con bigote, que hacÃa de camarero y que lo habÃa llamado a él, a Christopher Nubbles, «señor», que trajera tres docenas de las ostras más grandes que tuviera y que se diera prisa! SÃ, Kit le dijo a aquel caballero que se diera prisa, y este no sólo respondió que se darÃa prisa, sino que lo obedeció y volvió corriendo con rebanadas recién cortadas, mantequilla fresca y unas ostras enormes, jamás vistas. A continuación, Kit le pidió a este caballero «una jarra de cerveza», asà sin más, y el caballero, en vez de contestar: «Señor, ¿se dirige usted a mÃ?», dijo sólo: «¿Una jarra de cerveza? SÃ, señor», y fue a por ella y la puso sobre la mesa en una escudilla semejante a la que los perros de los ciegos llevan en la boca para recoger monedas de medio penique; y tanto la madre de Kit como la madre de Bárbara declararon, cuando el caballero se hubo alejado, que era uno de los jóvenes más atractivos y simpáticos que habÃan visto en su vida.