La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Y se pusieron a cenar con gran apetito. Allà estaba Bárbara, la locuela de Bárbara, asegurando que no podÃa comer más de dos y que necesitó gran insistencia para que comiera cuatro. Pero su madre y la de Kit se portaron mejor y comieron y rieron y lo pasaron tan bien que Kit se alegró mucho de verlas tan contentas y se puso él también a reÃr y a comer arrastrado por la fuerza de la simpatÃa. Pero el mayor milagro de la noche fue el pequeño Jacob, que comÃa ostras como si hubiera venido al mundo sólo con esa misión —echaba pimienta y vinagre con una discreción muy por encima de sus años— y después se aplicó a construir con las conchas una gruta sobre la mesa. Y todo ello sin olvidar al bebé, que no habÃa cerrado los ojos en toda la velada: habÃa permanecido sentado como un bendito intentando meterse una naranja grande en la boca y mirando fijamente las velas de la araña del techo; y ahora estaba sobre el regazo de su madre mirando el gas sin pestañear y arañándose su blanda carita con una ostra, con un candor que habrÃa enternecido hasta el corazón más férreo. En fin, que nunca hubo una cena más entrañable; y cuando Kit pidió algo caliente en un vaso para poner punto y final a la fiesta, y propuso beberlo a la salud del señor y la señora Garland antes de hacerlo circular, no se habrÃa encontrado en todo el mundo a seis personas más felices.