La tienda de antiguedades

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¿Quién se extrañará de que Bárbara tuviera dolor de cabeza o de que la madre de Bárbara se mostrara propensa al enfado, y el espectáculo de Astley le pareciera un poco menos bueno y el payaso más viejo de lo que le había parecido por la noche? A Kit no le sorprendió oírle decir aquello, no. Él mismo pensaba con aprensión que los inconstantes actores de aquella visión tan deslumbrante habían hecho exactamente lo mismo una noche antes de ir él y seguirían actuando aquel día por la noche, y al día siguiente, y durante semanas y meses seguidos, aunque él ya no presenciara el espectáculo. Tal es la diferencia entre el ayer y el hoy. Unos van a la función y otros vienen de ella.

Pero el propio sol es débil cuando sale por la mañana y va cobrando fuerza y ánimo conforme avanza el día. Así, poco a poco, fueron recordando circunstancias cada vez más agradables hasta que, en alegre conversación, llegaron a Finchley de tan buen humor que la madre de Bárbara declaró no haberse sentido nunca mejor en cuerpo y alma. Y lo mismo dijo Kit. Bárbara, que había guardado silencio durante el camino, también dijo lo mismo. Pero ¡pobre pequeña Bárbara! ¡Tenía un aspecto tan dulce y tan sosegado!



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