La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Que has hecho un nuevo amigo, según he oÃdo decir al señor Abel —respondió el anciano—, en la notarÃa…
—Ah, sÃ, señor. Se ha portado muy amablemente, señor.
—Me alegra saberlo —replicó el anciano con una sonrisa—. Y está dispuesto a portarse más amablemente todavÃa, Christopher.
—¿De veras, señor? Muy amable de su parte, pero no lo necesito, se lo aseguro —dijo Kit martilleando con más fuerza un clavo que se le resistÃa.
—Está deseando —prosiguió el anciano— tenerte a su servicio. Cuidado, Christopher, que puedes caerte y hacerte daño.
—¿Tenerme a su servicio, señor? —exclamó Kit, que habÃa interrumpido el trabajo y se habÃa vuelto de repente sobre la escalera con la habilidad de un acróbata—. Señor, no creo que haya dicho eso en serio.
—Ah, sÃ, sà habla en serio, te lo aseguro —aseveró el señor Garland—. Ha hablado también con el señor Abel del asunto.
—Nunca habrÃa imaginado cosa semejante —musitó Kit mirando con poca alegrÃa a su amo y a su ama—. Me extraña mucho. No lo entiendo.