La tienda de antiguedades

La tienda de antiguedades

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—Que si la conocían… Mi madre estaba siempre entrando y saliendo de la tienda. Eran tan buenos con ella como conmigo. Imagínese, señor, que está esperando todavía a que vayan a alojarse a su casa.

—Entonces, ¿dónde diablos está esa mujer? —preguntó impaciente el caballero mientras cogía el sombrero—. ¿Por qué no está aquí? ¿Por qué esa mujer no está donde más se la necesita?

En una palabra, que el caballero soltero parecía dispuesto a salir por las bravas del despacho, agarrar de un brazo a la madre de Kit, obligarla a subirse a un carruaje y llevársela con él… cuando, no sin cierta dificultad, esta nueva abducción se vio abortada por los esfuerzos conjuntos del señor Abel y el notario, que redujeron al caballero con la fuerza de sus razonamientos y lo convencieron de que era más conveniente sondear a Kit sobre la probabilidad de que su madre pudiera y quisiera emprender semejante viaje sin previo aviso.

Todo aquello suscitó no pocas dudas en Kit, ciertas manifestaciones violentas en el caballero soltero y muchos discursos aplacadores por parte del notario y del señor Abel. Al final, Kit, tras considerar y sopesar detenidamente el asunto, prometió, en nombre de su madre, que esta se hallaría lista dos horas después (a partir de aquel momento) para emprender la expedición y se comprometió a llevarla allí mismo debidamente equipada y preparada para el viaje.


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