La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ciertamente, no —contestó el notario—. Es una buena idea que Christopher lo acompañe.
Disculpe, señor —intervino Kit, a quien se le habÃa alargado la cara mientras escuchaba aquella conversación—, pero si ese es el motivo, temo que yo podrÃa hacer más daño que bien. La señorita Nell, señor, me conoce bien y confiarÃa en mÃ, estoy seguro; pero el anciano, no sé por qué, ni nadie lo sabe, señores, no quiere verme de ninguna manera desde que cayó enfermo, y la señorita Nell me dijo que no debÃa acercarme a él ni dejar que me viera nunca más. Asà que echarÃa a perder todo lo que usted pretende hacer si yo lo acompañara; lo siento. Yo darÃa lo que fuera por ir, pero creo que es mejor que no me lleve con usted, señor.
—¡Otra dificultad más! —gritó el impetuoso caballero—. ¿Ha habido alguna vez un hombre más zancadilleado que yo? ¿No hay nadie más que los conozca, nadie más en quien ellos confÃen? Por muy solitarias que fueran sus vidas, ¿no hay ninguna persona que pueda ayudarme en mi propósito?
—¿Crees que la hay, Christopher? —preguntó el notario.
—No, no hay nadie, señor —contestó Kit—. Bueno…, sÃ. Está mi madre.
—¿La conocÃan ellos? —preguntó el caballero soltero.