La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Christopher —lo interpeló el caballero al entrar en la habitación—, he encontrado a tu antiguo amo y a tu joven ama.
—¿De veras, señor? —exclamó Kit, con los ojos relucientes de alegrÃa—. ¿Dónde están, señor? ¿Cómo están, señor? ¿Están… por aquà cerca?
—Bastante lejos de aquà —contestó el caballero, sacudiendo la cabeza—. Pero esta noche misma salgo para traerlos de nuevo aquÃ, y quiero que tú me acompañes.
—¿Yo, señor? —exclamó Kit lleno de alegrÃa y sorpresa.
—El lugar —manifestó el extraño caballero volviéndose pensativamente hacia el notario—, tal y como ha dicho el hombre de los perros, se encuentra… ¿a qué distancia me ha dicho? ¿A cien kilómetros?
—Entre sesenta y setenta.
—Uhm. Si viajamos con la posta toda la noche, los alcanzaremos mañana por la mañana. Ahora, la pregunta es: dado que no me conocen, y la niña, ¡Dios la bendiga!, puede pensar que soy un forastero que los persigue con la intención de arrebatarle la libertad a su abuelo…, ¿creen que puedo hacer algo mejor que llevarme a este joven, al que los dos conocen, y recordarán perfectamente, una buena garantÃa para que juzguen amigables mis intenciones?