La tienda de antiguedades

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—Y ahora que el rocín ha recobrado su aliento —anunció el señor Chuckster, levantándose con donaire—, siento decirles que debo partir.

Ni el señor ni la señora Garland pusieron el menor reparo a su marcha (conscientes, sin duda, de que a semejante hombre no se le podía tener alejado de su esfera de acción), y por consiguiente el señor Chuckster y Kit se pusieron inmediatamente en camino hacia la ciudad, Kit encaramado al asiento del cochero, y el señor Chuckster sentado dentro, con la punta de sus botas asomando por las ventanas delanteras.

Llegados a la casa del notario, Kit entró en el despacho, donde el señor Abel le rogó que se sentara y esperara, pues el caballero que lo requería había salido y tal vez tardaría un poco. Y así fue, pues a Kit le sobró tiempo para comer, tomar el té y leer la materia ligera de la guía forense y de la guía de Londres (y para dar varias cabezadas) antes de que llegara el caballero a quien había visto ya antes. Por fin, este llegó con mucha premura.

Durante un rato estuvo encerrado con el señor Witherden (sesión a la que invitaron también al señor Abel), tras lo cual Kit, que no había dejado de preguntarse para qué lo querrían, fue convocado para unirse a ellos.


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