La tienda de antiguedades

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En el transcurso de la comida, el señor Chuckster desplegó todas sus habilidades para impresionar a sus anfitriones y convencerlos de la superioridad intelectual de quienes viven en la ciudad. En consecuencia, llevó la conversación al terreno de los pequeños escándalos, en el cual sus amigos lo tenían por un verdadero experto. Así, se dispuso a relatar las circunstancias exactas de la querella entre el marqués de Mizzler y lord Bobby, al parecer originada a causa de una botella de champán y no un paté de pichón, como erróneamente habían informado los periódicos; lord Bobby no había dicho en absoluto al marqués de Mizzler: «Mizzler, uno de nosotros dos miente, y ese no soy yo», como habían afirmado incorrectamente las mismas fuentes, sino: «Mizzler, usted sabe dónde puede encontrarme, y ¡a fe mía que me encontrará, señor, si tiene algo que decirme!», lo que, por supuesto, cambiaba enteramente el cariz de tan interesante cuestión, situándola bajo una luz muy distinta. También los informó acerca de la exacta cantidad de ingresos asignada por el duque de Thigsberry a Viletta Stetta, de la ópera Italiana, al parecer pagadera trimestralmente y no semestralmente, como al público se le había dado a entender, excluyendo, que no incluyendo (como se había escandalosamente afirmado), la joyería, la perfumería, los polvos para las pelucas de cinco lacayos y dos pares diarios de guantes de cabritilla para un paje. Tras rogar a la anciana y al caballero que no dudaran de la veracidad de tan interesantes particulares, el señor Chuckster los entretuvo con cotilleos del mundillo del teatro y de la corte, concluyendo así una brillante y fascinante conversación que mantuvo él solo, sin interrupción, durante más de tres cuartos de hora.


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