La tienda de antiguedades

La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

Kit salió corriendo por las calles abarrotadas de gente, que fue sorteando de la mejor manera que pudo, y enfiló callejones y pasadizos sin que nada lo detuviera ni desviara de su camino… hasta que pasó por delante de la tienda de antigüedades, donde se detuvo en parte por costumbre y en parte para recobrar el aliento.

En aquella triste tarde de otoño, el viejo lugar nunca se le había antojado tan lúgubre como en aquel momento, ensombrecido por el crepúsculo. Las ventanas estaban rotas, y los bastidores oxidados traqueteaban en sus marcos. La casa desierta parecía una sombría barrera que dividía en dos largas líneas las luces resplandecientes y el bullicio de la calle; allí estaba, prometiendo desencanto e infortunio, fría, oscura y vacía, melancólico espectáculo que chirriaba con las brillantes perspectivas que el joven deseaba a sus últimos inquilinos. A Kit le habría gustado ver un buen fuego crepitando en las vacías chimeneas, luces centelleando y reluciendo a través de las ventanas, gente moviéndose de un lado a otro, voces en alegre cháchara, más acordes con las nuevas esperanzas que abrigaba. No había esperado que la casa presentara un aspecto diferente, pues sabía que era imposible; pero, lleno como iba de ardientes pensamientos y expectativas, se sintió paralizado, oscurecido por una sombra fúnebre.


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