La tienda de antiguedades

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Sin embargo, Kit (afortunadamente para él) no era lo bastante culto ni contemplativo para sentirse turbado por presagios tan a largo plazo y, no teniendo gafas mentales que le ayudaran a verlos, no vio nada más que una casa apagada, en incómodo contraste con sus pensamientos anteriores. Así, casi deseando no haber pasado por allí, aunque sin saber por qué, prosiguió su carrera, recuperando, con un poco más de velocidad, el escaso tiempo perdido.

«¿Y si ha salido y no puedo encontrarla? —pensó Kit mientras se acercaba a la pobre morada de su madre—. No quiero ni imaginarme lo alterado que se pondría el impaciente caballero. Una cosa está clara: no se ve luz y la puerta está cerrada. Ahora, que Dios me perdone por decirlo, pero si es por culpa de la Pequeña Bethel, ojalá que esa secta se vaya… al quinto pino». Kit recuperó la compostura y llamó a la puerta.

Un segundo golpe no produjo tampoco ninguna repuesta, pero hizo que una mujer se asomara a una ventana de enfrente y preguntara quién era el que quería ver a la señora Nubbles.

—Soy yo —contestó Kit—. Está en… en la Pequeña Bethel, ¿supongo bien? —preguntó a su vez, pronunciando el nombre del odioso conventículo con cierta aprensión y poniendo un despechado énfasis en cada sílaba.

La vecina asintió con la cabeza.


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