La tienda de antiguedades

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—Entonces, partamos —expresó el caballero soltero, tras lo cual ofreció su brazo a la madre de Kit, la ayudó a entrar en el carruaje con suma educación y tomó asiento a su lado.

Subidos los peldaños y cerrada la portezuela, las ruedas se pusieron a girar y la posta salió estrepitosamente, con la madre de Kit asomada a la ventanilla saludando con un pañuelo mojado en la mano y lanzando muchos mensajes para el pequeño Jacob y el bebé, de los que nadie, empero, distinguió una sola palabra.

Kit se había quedado en medio de la carretera, los ojos inundados de lágrimas no tanto por la partida presente como por el retorno que tanto anhelaba. «Se fueron a pie —pensó—, sin nadie que les hablara ni dijera una palabra amable, y volverán empujados por cuatro caballos, con este rico caballero como amigo, y con todas sus zozobras olvidadas. Ella tal vez haya olvidado ya que me enseñó a escribir…».

Fueran cuales fueran las cosas que pensó Kit después, se necesitaría cierto tiempo para relatarlas, pues se quedó mirando las hileras de farolas mucho después de que la silla de posta desapareciera de su vista, y no se dio media vuelta hasta que el notario y el señor Abel, que también se entretuvieron hasta que el sonido de las ruedas dejó de ser perceptible, se preguntaron varias veces qué motivo podía retenerlo tanto.


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