La tienda de antiguedades

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—Bueno, ¿va a ir? —preguntó el hombre fornido mirando desde el suelo, donde estaba recostado, la cara de su abuelo—. Usted tenía mucha prisa hace un minuto. Vaya, pues, si le gusta. Es el dueño de su propia persona, espero, ¿no?

—No te metas con él —amonestó Isaac List, que estaba agachado como una rana al otro lado del fuego lanzando miradas torvas—. Él no pretendía ofenderte.

—Ustedes me dejan sin un penique, me saquean y encima se ríen y se burlan de mí —se quejó el anciano, mirando sucesivamente a uno y a otro—. Quieren que me vuelva loco.

La suma irresolución y debilidad de aquel niño de pelo gris frente a las miradas torvas y astutas de aquellos individuos en cuyas manos se hallaba hirió el corazón de la pequeña. Pero esta se contuvo y esperó mientras examinaba cada mirada y cada palabra.

—¡Que el diablo lo confunda! ¿Qué pretende decir? —profirió el hombre fornido, incorporándose un poco y apoyándose en el codo—. ¡Dejarme sin un penique! No nos pelaría usted si pudiera, ¿eh? Así son todos los jugadores como usted, que gimotean y lloran. Cuando pierden, son mártires. Pero yo no veo que cuando ganan se porten con los demás como usted pide. Y en cuanto a lo del saqueo —prosiguió el individuo levantando la voz—, ¡maldita sea!, ¿qué pretende decir con esa palabrita tan culta, eh?


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