La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El que habÃa hablado volvió a tumbarse cuan largo era y dio un par de patadas de rabia, como para refrendar su ilimitada indignación. Era más que evidente que él hacÃa de malo y su amigo, de bueno, por algún designio concreto; o, digamos más bien, ello habrÃa sido evidente para cualquiera salvo para el débil anciano, pues intercambiaban miradas sin ningún disimulo, tanto entre ellos dos como con el gitano, el cual esbozó una gran sonrisa de aprobación que exhibió el brillo de sus blancos dientes.
El anciano permaneció indeciso durante un rato y luego, volviéndose a su interlocutor, dijo:

—Era usted quien hablaba de saqueo hace poco, lo sabe. No sea violento conmigo. Era usted quien hablaba de eso, ¿no?
—¡No de saqueo entre los aquà presentes! Entre caballeros, debe prevalecer el honor, señor mÃo —replicó el otro, conteniéndose para no dotar a su frase de una conclusión más brusca.
—No seas duro con él, Jowl —le encareció Isaac List—. Siente mucho haberte ofendido. Vamos, sigue con lo que estabas diciendo.