La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Yo tengo el corazón más dulce y tierno que un cordero —proclamó el señor Jowl—. Si no, ¿cómo iba a estar aquà sentado dando consejos cuando sé que no los van a seguir y que no lograré nada más que insultos en pago a mis esfuerzos? Pero asà son las cosas de este mundo. La experiencia nunca conseguirá enfriar mi buen corazón.
—Pero él te ha dicho que lo siente mucho, ¿no? —insistió Isaac List—, y que desea que sigas.
—¿Lo desea? —preguntó el otro.
—Sà —gimió el anciano, sentándose y moviéndose de un lado a otro—. Siga, siga. No sirve de nada luchar contra ello; no puedo. Siga.
—Seguiré, entonces —resolvió Jowl—, donde lo dejé cuando usted se puso de pie tan bruscamente. Si está convencido de que ha llegado el momento de tener la suerte de cara (y estoy seguro de que ha llegado) y le parece que no tiene medios suficientes para intentarlo (y ahà está la cosa, pues sabe de sobra que carece de fondos suficientes para pasar una velada jugando), recurra a lo que parece que le sale al paso en el camino. Pida dinero prestado y diga que lo devolverá en cuanto pueda.