La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ciertamente —terció Isaac List—, si esa buena señora que regenta el museo de cera tiene dinero, y lo guarda en una caja de hojalata cuando se va a la cama y no cierra la puerta por miedo al fuego, la cosa parece fácil, como producida por la Providencia, dirÃa yo si no me hubieran educado en los buenos principios cristianos.
—Ya ves, Isaac —enunció su amigo, cada vez más ávido y arrimándose al anciano mientras hacÃa señas al gitano para que no se les acercara—. Ya ves, Isaac, cualquier forastero puede entrar y salir en cualquier momento del dÃa. Nada más probable que uno de tantos forasteros se deslice bajo la cama de la buena señora o se encierre en el armario; la sospecha recaerÃa sobre mucha gente demasiado lejos del blanco, no lo dudes. Yo le ofrecerÃa la revancha hasta el último penique que tuviera, fuera cual fuera la cantidad.
—¿Tú podrÃas hacerlo? —instó Isaac List—. ¿Es tu banca lo bastante fuerte?
—¿Que si es lo bastante fuerte? —repitió el otro con fingido desdén—. ¡Oiga, señor, haga el favor de traerme esa caja que hay debajo de la paja! La petición iba dirigida al gitano, quien se arrastró a cuatro patas hasta la tienda baja y, tras registrar un poco, volvió con una alcancÃa, que el hombre que habÃa hablado abrió con una llave que llevaba encima.