La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Ves esto? —preguntó, cogiendo el dinero con la mano y dejándolo caer entre los dedos, como agua, en la alcancÃa—. ¿No lo oyes? ¿No conoces el sonido del oro? Por favor, póngala otra vez en su sitio, y no menciones la banca otra vez, Isaac, hasta que tengas una propia.
Con fingida humildad, Isaac List afirmó que nunca habÃa dudado de la buena fe de un caballero tan honorable como el señor Jowl, y que si habÃa deseado que le enseñara la alcancÃa no habÃa sido para disipar sus dudas, pues no podÃa tener ninguna, sino con la inocente intención de verse recompensado con una visión tan suntuosa, la cual, aunque algunos pudieran juzgarla un placer insustancial e imaginario, para alguien como él era una fuente de suma delicia, sólo superable por la de tener dinero propio en el bolsillo propio. Aunque el señor List y el señor Jowl hablaban uno con otro, saltaba a la vista que los dos miraban de reojo al anciano, quien, con los ojos fijos en el fuego, parecÃa a la vez sumido, en sus pensamientos y escuchar muy atentamente —como se deducÃa de algún que otro involuntario movimiento de la cabeza o de una contracción de la cara— cuanto estaban diciendo.