La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Mi consejo —prosiguió Jowl, tumbándose con aire negligente— es muy sencillo; en realidad, ya lo he dado. Yo actúo como un amigo. ¿Por qué iba yo a ayudar a alguien a ganar todo lo que yo poseo si no lo considerara mi amigo? Es una tonterÃa, tal vez, preocuparse tanto de la riqueza de los demás; pero asà es como soy yo, y no puedo remediarlo. Asà que no me reproches nada, Isaac List.
—¿Es que yo te he reprochado algo? —replicó el interpelado—. Ni por asomo, amigo Jowl. Ojalá pudiera permitirme ser tan espléndido como tú; además, como tú mismo dices, él te devolverá lo que te debe si gana. Pero si perdiera…
—No debe considerarse esa probabilidad —objetó Jowl—. Pero suponiendo que perdiera (y nada es menos probable, según mi experiencia en las vicisitudes del juego), pues bien, es mejor perder el dinero de los demás que el propio, ¿no?
—¡Ah! —exclamó Isaac List, extasiado—. ¡Qué placer, ganar! ¡Qué delicia recoger el dinero, esas relucientes guineas amarillas, y meterlas de golpe en el bolsillo! ¡La delicia de triunfar al fin y pensar que uno no se paró ni se volvió atrás a mitad de camino, sino que siguió a su encuentro! El… pero ¿no se va usted, caballero?