La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡He tenido una pesadilla horrible! —exclamó esta con una energÃa que sólo unos terrores semejantes podÃan concitar—. ¡Una pesadilla horrible, espantosa! ¡Ya la tuve el otro dÃa! Es sobre unos hombres de pelo cano, como usted, que, entrando de noche en una, habitación oscura, le roban el oro a una persona que está durmiendo. ¡Levántese, levántese!
El anciano sintió una sacudida en todas sus articulaciones y entrelazó las manos como si fuera a rezar.
—¡No a mÃ! —exclamó la niña—. ¡No a mÃ, al cielo, para que nos libre de semejantes acciones! Es un sueño demasiado real. No puedo dormir, no puedo quedarme aquÃ, no puedo dejarle solo bajo este techo donde me asaltan estos sueños. ¡Levántese! Debemos irnos.
El anciano la miró como si fuera un espÃritu —podrÃa haberlo sido, pues parecÃa una resucitada— y empezó a temblar, cada vez con más intensidad.
—No hay tiempo que perder. No pienso perder ni un solo minuto —expresó la niña—. ¡Levántese! Y véngase conmigo.
—¿Esta noche? —farfulló el anciano.
—SÃ, esta noche —respondió la niña—. Mañana por la noche será demasiado tarde. El sueño me vendrá otra vez. Sólo huyendo podremos salvarnos. ¡Levántese!