La tienda de antiguedades

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El anciano se levantó de la cama. Con la frente empapada por el sudor frío del miedo, e inclinado delante de la niña como si esta fuera un ángel enviado del cielo para salvarlo, se dispuso a seguirla. Ella lo cogió de la mano y lo sacó de allí. Al franquear la puerta de la habitación que él se había propuesto robar, ella se estremeció y lo miró a la cara. ¡Qué cara tan pálida la suya, y con qué expresión la miró!

La niña se lo llevó a su cuarto y, sin soltarlo de la mano, como si temiera perderlo al menor descuido, recogió las pocas cosas que tenía y se colgó la cesta del brazo. El anciano cogió de manos de la niña su zurrón, que se echó al hombro, y su bastón y partieron.

Se deslizaron con pasos temblorosos por las calles estrechas de la ciudad y las tortuosas callejuelas de los suburbios. Escalaron la colina, coronada por el viejo castillo gris, sin mirar atrás una sola vez.

Cerca de las viejas murallas, vieron la luna en su gloriosa majestad. Desde aquellas ruinas venerables, enguirnaldadas con hiedra, musgo y hierba ondeante, la niña miró hacia atrás, a la ciudad dormida, acurrucada a la sombra del valle, y al río lejano, con su corriente de agua serpenteante y reluciente; y a las colinas lejanas. Durante ese tiempo había ido soltando paulatinamente la mano de su abuelo; de repente, rompió a llorar y se arrojó a su cuello.


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