La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al fin llegó la mañana. Pero con la luz del día llegó la lluvia, una lluvia muy pesada. Como la niña no podía soportar los intolerables vapores de la cabina, en pago a sus esfuerzos la taparon con unos trozos de vela y de lona alquitranada, que bastaron para mantenerlos guarecidos a ella y a su abuelo. A medida que el día avanzaba, la lluvia iba también en aumento. Hacia el mediodía, caía de una manera tan inmisericorde y pesada que parecía que nunca iba a amainar.
Ya se iban acercando al lugar de su destino. El agua se había vuelto más espesa y sucia; otras barcazas, que navegaban en sentido contrario, los adelantaban frecuentemente; senderos de escoria y cabañas de ladrillo visto indicaban la proximidad de una gran población industrial; calles y casas diseminadas, así como el humo de chimeneas distantes, indicaban asimismo que ya se hallaban en las inmediaciones. Tejados apiñados y masas de edificios que temblaban con el funcionamiento de las máquinas y resonaban con sus palpitaciones; chimeneas altas, que vomitaban vapores negros y los expandían en una densa nube maloliente por encima de los tejados, oscureciendo la atmósfera; el ruido seco de martillos batiendo el hierro; el clamor de calles bulliciosas y de gente atareada, en progresivo aumento hasta que todos los sonidos se mezclaron en uno solo y ya ninguno se distinguía por sí mismo… Todo esto marcó el final del viaje.