La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Temblando ante la posibilidad de irritar al barquero, la pobre Nell le cantó una cancioncilla que había aprendido en tiempos más felices y que resultó tan del gusto del hombre que a su término le rogó de la misma manera perentoria que le cantara otra, y después creyó cumplimentarla haciendo de coro desafinado y sin ninguna palabra, lo que compensaba con un brío increíble. El ruido de esta actuación vocal despertó al otro hombre que estaba en cubierta, el cual, tambaleándose y dando la mano a su anterior adversario, juró que aquella canción era su mayor orgullo, alegría y dicha y que no deseaba un entretenimiento mejor. A una tercera invitación, más imperativa que las dos anteriores, Nell se sintió obligada a complacerles, y esta vez el coro corrió a cargo no sólo del susodicho dúo, sino también del otro que iba a caballo, el cual, estando excluido de una participación más propincua, se puso a rugir con sus compañeros y a desgarrar el aire. De esta manera, con pocas interrupciones y cantando las mismas canciones una y otra vez, la niña, pese a estar cansada y agotada, los mantuvo a todos de buen humor durante la noche; y muchos lugareños, sacados de su profundo sueño por aquel coro discordante que flotaba al viento, escondieron la cabeza debajo de la almohada, aterrorizados ante semejante estruendo.