La tienda de antiguedades

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Ocurrió que, mientras estaba ocupada con estos pensamientos, su mirada se cruzó con la del barquero de cubierta, en el que la fase alborotada de la borrachera había dado paso a otra más sentimental; este, quitándose de la boca una pipa corta, envuelta en una cinta para su mejor conservación, le pidió que le cantara una canción.

—Tienes una voz muy bonita, unos ojos muy dulces y una memoria muy buena —dijo—. De la voz y los ojos, tengo pruebas de sobra, y lo de la memoria es una opinión personal. Pero yo no me equivoco nunca. Anda, cántame una canción.

—Me parece que no me sé ninguna, señor —replicó Nell.

—Tú conoces cuarenta y siete canciones —aseguró el hombre con una gravedad que no admitía réplica—. Cuarenta y siete es el número. Cántame una de ellas, la mejor. Cántame una canción ahora mismo.





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