La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Para entonces ya se había hecho de noche, y aunque la niña tenía frío (al ir pobremente vestida), sus angustiados pensamientos volaron muy lejos de su sufrimiento o incomodidad, preocupada por su futura subsistencia. El mismo espíritu que la había mantenido fuerte la noche anterior la sostuvo y le dio fuerzas en aquel momento. Su abuelo dormía tranquilamente a su lado, y el delito al que su locura lo había impulsado no se había cometido. Ese era su consuelo.
Cada circunstancia de su vida, breve pero llena de tantas peripecias, atravesó su memoria mientras viajaba. Pequeños incidentes nunca recordados; caras vistas una vez y después olvidadas; palabras a las que había prestado escasa atención; escenas de hacía un año y de ayer mismo mezcladas y entrelazadas; lugares familiares que surgían en la oscuridad desde otros que, cuando se acercaban, eran muy distintos entre sí e inverosímiles. A veces, se establecía en su memoria una extraña confusión cuando se preguntaba si había estado allí, a dónde se dirigía ahora, con qué personas se hallaba en aquel momento. Su imaginación le sugería observaciones y preguntas que resonaban con tal fuerza en sus oídos que se sobresaltó y se volvió, como tentada a contestar. En fin, la asaltaron todas las fantasías y contradicciones que suelen asaltarnos cuando no podemos dormir, estamos nerviosos o cambiando incesantemente.