La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Eran, en verdad, unos individuos toscos, ruidosos y casi brutales entre ellos, aunque bastante corteses con sus dos pasajeros. Así, cuando estalló una discusión entre el que iba al timón y otro que estaba en la cabina sobre quién había sido el primero en sugerir la conveniencia de ofrecer a Nell un poco de cerveza, y cuando la discusión degeneró en un pelea en la que se zurraron de lo lindo, para el inenarrable terror de Nell, ninguno de los dos la tomó con ella, sino que se contentaron con desfogarse con el adversario, lanzándose, además de los golpes, toda una variedad de cumplidos, que, felizmente para la niña, fueron enunciados con unos términos para ella completamente ininteligibles. La pelea terminó finalmente cuando uno sacó al otro de cabeza de la cabina y tomó el timón en sus manos sin mostrar el menor desconcierto ni causarle ninguno a su amigo, quien, siendo de una constitución bastante fuerte y estando acostumbrado a tales menudencias, se quedó dormido al punto en la postura en que había quedado tendido, con los pies para arriba. Un par de minutos después, roncaba como una foca.