La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades A Nell se le cayó el alma a los pies cuando la embarcación se detuvo a media tarde en una especie de pontón y oyó decir a uno de los barqueros que no llegarían a su destino hasta el día siguiente y —dirigiéndose a ella— que, si no llevaba provisiones, era mejor que las compraran allí. No le quedaban más que unos peniques, tras haber comprado ya algo de pan, y los necesitaban imperiosamente, pues se dirigían a un lugar completamente desconocido para ellos. Un trozo de pan y otro de queso fue, pues, todo lo que pudo procurarse y todo lo que tomaron al volver a la barcaza, donde permanecieron solos esperando una hora por lo menos a que los hombres volvieran de la taberna.
Volvieron con botellas de cerveza y licor en la mano. Y, con lo que ya habían bebido y lo que siguieron bebiendo, pronto se emborracharon y empezaron a discutir. Nell, para evitar la pequeña cabina, que era muy oscura y sucia, y a la que a menudo los invitaban a ella y a su abuelo, iba sentada al aire libre a su lado, escuchando a sus alborotados anfitriones con el corazón en un puño y casi deseando desembarcar donde fuera, aunque tuvieran que pasar toda la noche caminando.
