La tienda de antiguedades

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La niña vaciló mientras pensaba rápidamente. Los hombres a los que había visto con su abuelo podrían seguirlo, ávidos del botín, y volver a apoderarse de su voluntad, lo que echaría por tierra todos sus esfuerzos. Si se iban con aquellos hombres, sus huellas se perderían con toda seguridad en aquel mismo punto. Así que decidió aceptar el ofrecimiento. La barcaza se acercó a la orilla de nuevo y, antes de que Nell tuviera más tiempo para reflexionar, su abuelo y ella ya se encontraban a bordo, deslizándose suavemente por el canal.

El sol se reflejaba alegremente sobre la brillante agua, que unas veces discurría entre árboles y otras por campo abierto, entrecruzándose con arroyos y contemplando colinas arboladas, tierras cultivadas y granjas sombreadas. De cuando en cuando, alguna aldea con su campanario modesto, sus tejados de paja y sus hastiales asomaba entre los árboles; y más de una vez aparecía una población lejana, con las grandes torres de la iglesia vislumbrándose a través de la neblina y con fábricas o talleres elevándose sobre la masa de casas, visiones que, a juzgar por el tiempo que tardaban en borrarse, atestiguaban la lentitud de su progreso. El itinerario discurría en su mayor parte a través de terrenos bajos y llanuras abiertas; y, salvo esos lugares distantes u, ocasionalmente, algunos hombres que trabajaban en los campos o que se detenían en un puente para verlos pasar, nada turbaba su discurrir monótono, solitario.


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