La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Hmmm. Dos viajeros muy raros, caminando toda una noche… —observó el hombre—. Uno demasiado viejo para esta clase de actividad y la otra demasiado joven. ¿A dónde se dirigen?
Nell vaciló y dijo al azar que hacia el oeste, a lo cual el hombre preguntó si se referÃa a una ciudad que nombró. Para evitar más preguntas, Nell contestó:
—SÃ, hacia allà nos dirigimos.
—¿De dónde vienen? —fue la siguiente pregunta, más fácil de contestar.
Nell le dio el nombre de la aldea en la que vivÃa su amigo el maestro de escuela, que seguramente aquellos hombres no conocÃan y que no invitaba a ulteriores pesquisas.
—Pensé que alguien les habÃa robado o hecho algún daño —profirió el desconocido—. Eso es todo. Que tengan un buen dÃa.
Nell le devolvió el saludo sumamente aliviada por su partida y lo vio montarse en uno de los caballos. La barcaza empezó a moverse. Pero no habÃa ido muy lejos cuando se detuvo de nuevo, y Nell vio que los hombres le hacÃan señas.
—¿Me llaman a m� —preguntó corriendo hacia ellos.
—Pueden venir con nosotros si lo desean —propuso uno de los que iban a bordo—. Nosotros también vamos allÃ.