La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La noche pasó deprisa, la luna se desplomó, las estrellas palidecieron y la mañana, frÃa como ellos, se acercaba despacio. Entonces, detrás de una lejana colina, surgió el noble sol llevándose con él las neblinas espectrales y dejando la tierra despejada hasta que volviera de nuevo la oscuridad. Cuando vieron que subÃa un poco más en el cielo y sintieron el calor de sus rayos alegres, se echaron a dormir a orillas de un canal.
Pero, mucho después de que el anciano hubiera caÃdo profundamente dormido, Nell siguió agarrada a su brazo, observándolo con ojos vigilantes. Vencida finalmente por el cansancio, soltó el brazo, volvió a agarrarlo (con menos fuerza), lo soltó de nuevo…, y los dos se durmieron, una junto al otro.
Un confuso murmullo de voces se mezcló con sus sueños y la despertó. A su lado habÃa un hombre de aspecto hosco, mientras que dos compañeros suyos miraban la escena desde una barcaza que se les habÃa aproximado cuando ellos dormÃan. La barcaza, sin remos ni vela, era arrastrada por un par de caballos que descansaban en un prado con la cuerda que los sujetaba flotando en el agua.
—¡Eh! —exclamó el hombre bruscamente—. ¿Ha pasado algo aqu�
—Simplemente, estamos durmiendo, señor —respondió Nell—. Hemos pasado toda la noche caminando.