La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En cualquier otro momento, el pensamiento de haber abandonado a una amiga que les habÃa mostrado tanta amabilidad sin una sola palabra de justificación —se creÃa culpable, al menos en apariencia, de traición e ingratitud—, e incluso de haberse alejado asà de las dos hermanas, la habrÃa llenado de tristeza y pesar. Pero ahora, cualquier otra consideración quedaba diluida en los nuevos interrogantes y afanes de su vida errante, y esta misma desesperación la excitaba y estimulaba.
A la tenue luz de la luna, que prestaba un calor propio a la delicada cara en la que las cuitas se mezclaban con la gracia y simpatÃa de la juventud, con los ojos brillantes, con la cabeza inteligente, con los labios que se apretaban con tanta resolución y con un corazón valiente, su figura esbelta y, sin embargo, aún tan débil, contaba en elocuente silencio la historia de los dos; pero la contaba al viento que susurraba a su paso, el cual, tomando su fardo, llevaba tal vez a la almohada de alguna madre sueños borrosos de infancia marchitados en flor o soñaba el sueño que no conoce el despertar.