La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Se resguardaron de la lluvia debajo de una arcada baja, desde donde observaban a los transeúntes en busca de un rostro que mostrara un rayo de aliento o esperanza. Unos fruncían el ceño, otros sonreían, otros mascullaban alguna frase, otros hacían un pequeño gesto, como anticipando la conversación que pronto iban a entablar; otros tenían la mirada astuta del regateador o del conspirador; otros parecían ávidos, ansiosos; otros, premiosos y aburridos; en algunos semblantes, en fin, se veía escrita la ganancia y, en otros, la pérdida. Pasar así revista a las caras de la gente fugaz era en cierto modo como invadir su confianza. En los lugares concurridos, donde cada uno persigue un objetivo propio, con la seguridad de que los demás persiguen también el suyo, el carácter y las intenciones están escritos en el semblante. En los paseos públicos y lugares de esparcimiento de una ciudad, la gente se mueve para ver y ser vista, y allí encontramos repetida la misma expresión, con pocas variaciones, una y mil veces. Los semblantes de los días de diario están más cerca de la verdad; se intuye con más claridad.