La tienda de antiguedades

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Del señor Quilp no se podía afirmar que ejerciera un oficio o tuviera una profesión particular, pues sus actividades estaban diversificadas y sus ocupaciones eran numerosas. Cobraba el alquiler de barrios enteros situados en los sórdidos callejones aledaños al río, adelantaba dinero a los marineros y suboficiales de la marina mercante, tenía participación en las pacotillas de algunos marineros que hacían la ruta de las Indias Orientales, fumaba puros de contrabando ante las narices de los oficiales de Aduanas y a diario tenía citas en la Bolsa con personajes tocados con sombreros de tela encerada y chaquetas de marinero. En Surrey, junto al río, se encontraba un viejo y sucio taller infestado de ratas llamado «el Muelle de Quilp». En él había una pequeña contaduría de madera hundida en el barro (como si, caída de las nubes, hubiera quedado clavada en el suelo); unos fragmentos de planchas oxidadas; varias anillas grandes de hierro; madera podrida apilada y dos o tres montones de viejas láminas de cobre arrugadas, agujereadas y abolladas. En el Muelle de Quilp, Daniel Quilp ejercía de desguazador de buques, aunque, a juzgar por lo que podía verse, o bien era un desguazador de buques a muy pequeña escala o bien desguazaba por trozos muy pequeños. El lugar tampoco presentaba una vitalidad o actividad especiales, pues el único ocupante humano era un muchacho anfibio con traje de tela cuya única misión consistía en permanecer encaramado en lo alto de una pila de madera y arrojar piedras al barro cuando el agua estaba baja o permanecer con las manos en los bolsillos mirando indolente los movimientos y la agitación del río cuando estaba alta.


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