La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Mientras avanzaban arrastrándose por la última calle, la niña sintió que su estado enfebrecido ya no le permitiría avanzar más. En aquel momento, caminando en su misma dirección, apareció por delante un hombre con una mochila a la espalda que se apoyaba en un sólido bastón para caminar e iba leyendo un libro al mismo tiempo.
No resultaba fácil llegar hasta él para pedirle ayuda, pues caminaba deprisa y les llevaba cierta distancia. Pero al cabo se detuvo, sin duda para leer más detenidamente cierto pasaje del libro. Alentada con aquel respiro, la niña se lanzó hacia delante y, acercándose al forastero pero sin soliviantarlo con el sonido de sus pasos, le imploró ayuda con palabras desmayadas.
El desconocido volvió la cabeza. La niña juntó las manos, exhaló un grito salvaje y cayó sin sentido a sus pies.