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CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

La madre de Kit y el caballero soltero, cuya pista es conveniente seguir sin mayor dilación para que no se diga que esta historia es inconstante y abandona a sus personajes en la incertidumbre…, la madre de Kit y el caballero soltero, que avanzaban en el coche de postas tirado por cuatro caballos, de cuya partida en la puerta misma del notario ya dimos cumplida noticia, no tardaron en dejar la ciudad atrás y hacer saltar chispas de las piedras de la gran carretera.

La buena mujer, algo violenta por la novedad de su situación, y con cierta preocupación por que tal vez el pequeño Jacob o el bebé, o ambos, se hubieran precipitado al fuego o caído por las escaleras o golpeado con una puerta o quemado la garganta al intentar calmar la sed bebiendo por el pitorro del calentador de agua, mantenía un silencio incómodo; y cuando miraba por la ventanilla al guardabarreras, a los conductores de ómnibus, se sentía, en su nueva situación, como quien, al asistir a un funeral sin estar particularmente afligido por la pérdida del interfecto, ve a un conocido desde la ventanilla del furgón fúnebre, pero debe mantener un ademán solemne, indiferente, a cualquier circunstancia ajena.


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