La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sé que lo está. Estoy seguro. Ay, he sacado a esta pobre mujer del seno de su familia sin dejarle ni un minuto para preparar nada, y naturalmente ahora está exhausta. PermÃtame que le pregunte (soy un hombre honrado): ¿cuántos hijos tiene, señora?
—Dos, señor, además de Kit.
—¿Chicos, señora?
—SÃ, señor.
—¿Están bautizados?
—Sólo a medias, señor.
—Yo seré el padrino de los dos. Recuérdelo, señora, por favor. DeberÃa tomar un poco de vino caliente.
—Me sentarÃa mal, de veras, señor.
—Pues debe tomar un poco —insistió el caballero soltero—. Está claro que lo necesita. Cómo no se me ha ocurrido antes.