La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Para no alargar esta parte de nuestra narración y abreviarla en lo posible, diremos que, antes incluso del final de la entrevista, el caballero soltero estimó que tenía suficientes pruebas de que le habían contado la verdad, y quiso que los recién casados aceptaran una muestra de agradecimiento por su amabilidad para con aquella niña sin amigos, cosa que ellos no consintieron. Al final, la pareja feliz subió al carruaje para pasar la luna de miel en una excursión por la campiña, y el caballero soltero y la madre de Kit se quedaron cariacontecidos tras haberlos despedido.
—¿A dónde los llevamos, señor? —preguntó el postillón.
—Puede llevarme al… —el caballero soltero dudó antes de pronunciar la palabra «mesón», pero luego la dijo pensando en la madre de Kit, y al mesón se dirigieron.
Enseguida se extendió el rumor de que la niña que enseñaba el museo de cera era hija de una buena familia, robada en su más tierna infancia y cuya pista acababan de encontrar. Las opiniones se dividían sobre si era hija de un príncipe, un duque, un conde, un vizconde o un barón; pero todos convenían en el hecho principal, a saber, que el caballero soltero era su padre. Todos se agolparon para captar un vislumbre, aunque fuera sólo de la punta de su noble nariz, mientras se alejaba abatido en su coche postal tirado por cuatro caballos.