La tienda de antiguedades

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—¿Y no le gustaría al caballero esta habitación? —prorrumpió una voz tras abrirse una puerta situada al pie de la escalera y asomar una cabeza—. Sea bienvenido. Tan bienvenido como las flores por mayo o el carbón por Navidad. ¿Le gustaría esta habitación, señor? Concédame el honor de entrar. Concédame ese honor.

—¡Dios bendito! —exclamó la madre de Kit, retrocediendo por la enorme sorpresa—. ¡No es posible!

Y no le faltaban motivos para asombrarse, pues la persona que había expresado tan gentil invitación no era otra que Daniel Quilp en carne y hueso. La pequeña puerta por la que había sacado la cabeza se hallaba junto a la despensa del mesón. Allí estaba él, inclinando la cabeza con grotesca cortesía, con la misma desenvoltura que si fuera la puerta de su casa, infestando con su sola presencia cuantas piernas de cordero o pollos con arroz había, cual genio maligno salido de las entrañas de la tierra para perpetrar alguna acción perversa.

—¿No me va a hacer ese honor?

—Prefiero estar solo —contestó el caballero soltero.

—¡Ah! —exclamó Quilp, tras lo cual desapareció rápidamente detrás de la pequeña puerta, como el monigote de un reloj holandés después de dar la hora.


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