La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Sin pronunciar palabra, Quilp se acercó a Kit, tanto que sus ojos casi se tocaron; lo miró fijamente unos instantes, a continuación se alejó un poco sin apartar la vista, volvió a acercarse, a alejarse, y así media docena de veces, como la cabeza de una fantasmagoría. Kit permaneció firme, alerta ante cualquier amago de ataque, pero, viendo que aquellas gesticulaciones no conducían a nada, chasqueó los dedos y se fue. Su madre lo empujaba todo lo que podía e, incluso mientras oía las buenas nuevas sobre el pequeño Jacob y el bebé, volvía de vez en cuando la cabeza para asegurarse de que Quilp no los seguía.